Mi estómago estaba lleno de hormiguitas, la respiración y el pulso se aceleraban con cada km que nos acercábamos a nuestro destino. Y allí estaba ella, con su pelo rubio, su nariz blanquita y esos ojos marrones tan expresivos.
Entramos al veterinario, puso la vacuna y el microchip y Duna ya era oficialmente mía.
El viaje de vuelta a casa fue muy largo, Duna estaba nerviosa y parecía que no se sentía cómoda a nuestro lado, pero en cuanto bajó del coche y reconoció el terreno subió el rabo, levantó las orejas y empezó a hacerse la dueña de la finca.
Una experiencia complicada para una dueña primeriza que no sabía cómo enseñarle, ponerle límites y relajarla, una perra muy enérgica pero muy cariñosa.
Poco a poco os iré contando más de mi aventura con "La Rubia". Un besito, Lúa


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